Ha pasado un tiempo.
Casi no se ve la herida. El dolor se volvió recuerdo y los poquísimos que saben parecen tranquilos cuando me miran.
—¿Ya estás bien?
Y sí, lo estoy.
Mi corazón tiene quien lo vigile. Hay algo dentro de mí que trabaja en silencio para mantenerme aquí.
Pero yo todavía me siento un poco perdida.
Algunas mañanas permanezco quieta unos minutos antes de levantarme. Escucho mi propio cuerpo.
Uno, dos, tres latidos.
Sigo aquí.
La casa es la misma. Mis cosas están en su sitio. La vida continúa con esa extraña normalidad que tienen los días después de algo que pudo haberlo cambiado todo.
Y sin embargo, hay una distancia pequeña, casi invisible, entre aquella mujer y yo.
La reconozco.
Sé que soy ella.
Solo que todavía no sé cómo volver a sentirme dentro de su piel.
Así que respiro y sigo.
Sin apresurarme.
Quizá el cuerpo ya aprendió que está a salvo y a mí me tome un poco más de tiempo aprender lo mismo.
Por ahora, sigo aquí.
Y quizá eso sea suficiente.

