Desperté con el deseo de la abuela, me ví sentada -como antaño- en la mesita de cocina, observando embelesada cómo preparaba los alimentos; y mientras lo hacía me iba impregnando del delicioso aroma que desprendía su cocina. La abuela tenía una alacena generosa, o quizás extraña, eran costalitos de todo, -15 ó 25 kg de cada cosa-, como si estuviera alimentando a toda una colonia.
Ella se enorgullecía que sabía organizarse y nunca desperdició nada, pero es que, en esa casa con once hijos y familias respectivas se cocinaba mucho; y solo ella lo hacía, no permitió ayuda de sus hijas o nueras, pero sí dejaba que sus nietas se acercaran, nadie lo hacía, solo yo que moría por descubrir el secreto de su sazón.
Hoy desperté con la abuela en mi memoria y su sazón en el olvido, tomé el auto, activé Google maps y cogí camino hacia "El refugio de mi abue", un pequeño local que frecuento cada tanto que extraño aquellos tiempos, desde el retrovisor observé que la ciudad quedaba atrás, el paisaje fue cambiado hasta quedar en estériles nogales a los costados, interminables ... y es que, cuando el recuerdo apremia, el camino se vuelve infinito.
Y allí, a la vera del camino, entre la ciudad y la nada se encuentra el local, un lugar expuesto a las inclemencias del tiempo, rústico descanso de camionero, traileros, viajantes y como yo, nietas buscando el apapacho.
No recuerdo si la sazón es parecido, la gente que lo atiende, los comensales, o es quizás que el último desayuno que comí acompañada de la abuela, de mis padres y hermanos, -antes de su deceso- fue lo mismo que venden allí, pero una mañana, tiempo ha, cuando estaba más vivo en mi memoria su recuerdo llegué allí; y me quedé.
En el lugar había una mesa con cinco integrantes, personas mayores hablando de un pasado y disfrutando como postre, empanaditas de calabaza y café de olla.
Regresé a casa... la abuela regresó conmigo.
¡Acompáñame!
Té, café, infusión de frutos rojos, limonada, en la mesita de arrime

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