Antes de salir de casa se viste de riguroso negro, incluida una capucha que solo deja al descubierto sus ojos, esos pozos de un oscuro profundo; y se dirige al sitio en el que cada fin de semana, puntual, hace su recorrido. En el trayecto va recordando el momento en que la descubrió, a ella y su traición.
Ajenos a todo, recorre con su mano su espalda, en un movimiento rápido abre los broches del sujetador, la gira y levanta su falda para deslizar la tanga, la envuelve en la mano y se empuja hacía ella con vehemencia, allí no hay más sentimiento que el simple deseo. De pronto se escuchan pasos acercándose, una silueta se proyecta amenazante, ella corre sin mirar atrás.
Observo desde un rincón donde las sombras me amparan. Lo veo esconderse, sé que es inútil cualquier intento de salvarse, -quizás si en esta ocasión interviniera yo, la idea desaparece de mi cabeza-, su ángulo de visión es reducido, percibo que no sabe deslizarse por la noche como sí lo hizo con el broche.
La silueta que lo persigue está acostumbrada a la oscuridad, lo ha hecho tantas veces, que es difícil saber con exactitud cuántas; y con tanta impunidad.
Todo en su cabeza es confuso, siente sus pulsaciones, esa vena en el cuello que late horrorizada, el ritmo irregular de su pecho, las gotas frías que recorren su frente...
Huele su miedo, ¡lo ha detectado!.
Un grito desgarrador se proyecta desde su garganta, cubre su cabeza con los brazos, se hace ovillo... luego el silencio.
Al despertar, su cuerpo yace cubierto por un río de sangre, su mano izquierda aún sujeta la tanga mientras la silueta se desvanece en el horizonte. A punto de amanecer le tiendo la mano... ¡Tranquilo; ya ha pasado!...
Para, El Demiurgo en su dinámica.
Hoy café de olla, té, horchata y panecillos de mantequilla y ajo en la mesita de arrime, ¡Acompáñame!.
una historia inquietante y de suspenso hasta el final.
ResponderBorrarmuy buen relato.
una limonada bien frozen, por favor.