Habíamos salido por un tiempo, él era un hombre encantador y enigmático. Una tarde quiso presentarme a su abuelita, Doña Alina, nos dirigimos a su casa en un barrio de los más antiguos.
Ella, una mujer pequeñita, encantadora e interesante, a veces dejaba asomar un carácter fuerte que competía con su rostro bondadoso, que seguro sirvió para mantener a raya a sus once hijos e incontables nietos.
En algún momento de la tarde me miró; y su mirada se sintió escarbando hasta el último escondite de mi mente
— ¿Y tú de dónde saliste?
Una pregunta que únicamente te puede hacer una abuelita sin que te prepares para la batalla; y a la cual le respondes con humildad.
— ¡No tengo idea!
Entre él y yo la relación no rindió frutos; y antes de darnos cuenta la cosa terminó, pero a la abuelita, a ella me la quedé yo.
Hoy está a mí lado, lleva en su sangre sus raíces pasteleras; y me ha puesto a cocinar unos cupcakes de vainilla, montones de buttercream y fondant; y me ha advertido que... !me salen porque me salen.
¡Acompáñanos!
Té, Café, Limonada, Cupcakes y lo que apetezcas. ¡Ah!; y en el cómodo sofá negro, la encantadora compañía de la abuelita.