viernes, 15 de mayo de 2026

Donde está tu corazón




— ¿Qué quieres hacer?
— No sé qué hacer, Marcos
— Escucha a tu corazón, Maia

Un par de días después leí una frase que me dejó pensando... "Si quieres saber dónde está tu corazón, mira a dónde tu mente se va cuando se pasea", Walt Whitman.

— Recuerdo vagamente un lugar al que fui con mi numerosa familiar, lo pasamos bien, una de las ventajas de tener una gran familia, los primos salen de debajo de las piedras; y siendo niño te diviertes a raudales.

— Quiero llevarte pero necesito un poco de orientación, Maia

— A las afueras de la ciudad y pasando la presa, nos adentramos en un camino estrecho de terracería, a los costados y delimitándolo veía árboles grandes y frondosos, un paisaje totalmente distinto a lo árido de la ciudad, de clima fresco, sin ser frío, llegamos a un poblado con casas de poca construcción y gran terreno asentadas a la verita del río, sus cocinas eran enormes, con muebles de piedra y cemento, un fogón de fuego potente y ductos que llegaban al techo y sacaban el humo como si fueran chimeneas, afuera y al frente un horno de leña, cerca una pequeña lancha colorida volteada hacia abajo. 

Los hombres pescaban, cobraban y resolvían dudas de los comensales, también traían las cervezas si es lo que pedías, las mujeres cocinaban, no tenían contacto con los clientes, si preguntabas algo, un hombre salía devetúasaberdedónde y se ponía delante para responderte. No lo sé, no tengo gran información, fue hace tiempo, quizás el lugar ya no existe, quizás se modernizó,  quizás solo lo idealicé

— Ya lo ubico, niña, "La presa"; y el lugar sigue -casi- intacto, se han organizando y poco más, allí -casi- nada cambia, fui de niño; ya de adulto volví un par de veces, más que nada por la nostalgia.

Nos decidimos a ir, parte del camino era atropellado, casi igual al pasaje de mi memoria, tan rústico que sentías que te sacaba hasta el alma.

Ya no atendían en las casas, ahora había un gran restaurante propiedad de los lugareños, -de todos-. Ocupamos una mesita con vista al río y su aroma característico, hacia abajo una extensión libre de construcción, árboles altos y frondosos dando cobijo a los paseantes, piedritas redondas señalando los caminos. 

Dejé la mesa y bajé la pendiente, me senté a la sombra del viejo árbol, cogí un puñado de piedritas y empecé a jugar con ellas, por un momento volvieron las risas de primos y hermanos, la voz insistente de mi madre que nos llamaba a la prudencia, por un breve momento volví a ser la niña al cuidado de mamá.

Y del pueblito pintoresco, de fonditas improvisadas en las cocinas vecinales de comida riquísima, de primos arropandose del sol bajo un enorme árbol, las carreras hacia el río, las charlas sin sentido y el dormitar agotados en el retorno a casa solo queda el recuerdo, ese recuerdo que anida en el corazón y quiere volver por siempre a donde fue feliz...


Té, Café y galletitas en la mesita de arrime 
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