lunes, 29 de junio de 2026

Hay amores que no vencen a la oscuridad, solo aprenden a brillar dentro de ella






La oscuridad de la ciudad no ocultaba del todo los rastros de sangre que, al igual que la lluvia se escurrían por el alcantarillado.

Encendí un cigarro mientras caminaba entre callejones solitarios, las luces de neón parecían deslizarse por los charcos. Me ajusté el abrigo, el frío llegaba hasta los huesos, mientras, el cigarro hacía esfuerzos por mantenerse encendido bajo la lluvia.

Trabajaba sirviendo tragos en un bar del puerto, no hacía preguntas, ni me cuestionaba nada, sobrevivir era suficiente para mí. En ese lugar aprendí a reconocer el miedo por la forma en que alguien sostenía un vaso, sin importar lo bien vestido que estuviera, el poder se mantiene ensuciándose las manos.

Entonces apareció ella. 

Entró empapada, con un abrigo oscuro, cuello alto enmarcando su rostro angelical y una mirada rapaz, capaz de atravesarme por completo y buscar lo más oculto de mis pensamientos para exponerlos sin inmutarse. 

Regresaba cada noche; yo la observaba con fascinación; y entre vasos vacíos, olor a podredumbre y canciones desafinadas nos fuimos acercando. Bastaba rozar sus dedos al servirle un whisky para aliviar el frío. 

No nos prometimos nada, sabíamos que las promesas duraban menos que un amanecer sombrío.

Descubrí demasiado tarde que investigaba una red donde policías, empresarios y mafiosos compartían la misma mesa. Cuando comenzaron a seguirnos entendí que enamorarse en ese barrio era otra forma de firmar la sentencia de vivir constantemente en el umbral del miedo. 

La noche que intentamos escapar, el puerto olía a sal, a combustible y despedidas. Ella sabía lo que venía, tomó mi rostro entre sus manos y me sostuvo la mirada, quizás fue una despedida, hasta el día de hoy no he logrado descifrarlo. No hubo besos ni promesas; solo nuestras frentes unidas, respirando el mismo miedo. 

Los disparos llegaron antes que el amanecer. 

Desde entonces, vago sin rumbo, pero siempre vuelvo al viejo bar, pido dos whiskies. El mío lo sostengo de la misma forma que se sostiene el miedo; y dejo el otro frente al asiento vacío... 

La mujer dejó la copa de vino en el piso. Había llorado con el último capítulo de su radionovela favorita. Miró el viejo radio y sonrió, derrotada. 

— ¿Diecisiete meses escuchándote para esto?, juro que no lo volveré a hacer... 

Guardó silencio unos segundos; y rompiendo su promesa, murmuró.

— Nos vemos la próxima semana... A ver con qué me sales ahora.









Intriga en la gran ciudad, está semana custodiada por Neogeminis




sábado, 20 de junio de 2026

Monólogo del vestido rojo



Era momento de estrenar ese vestido rojo de tirantes, con resorte en la parte alta y tan largo que me llegaba a los tobillos. 

¿Incómoda? 

Diría que no, aunque sí me sentía un poco extraña, primero por el color tan vivo, después, por llevar los hombros descubiertos; y para rematar, por el largo del vestido. 

¿Por qué lo compré? 

Ni siquiera fue una compra impulsiva en línea. Fui a la tienda, lo escogí, decidí no probármelo y me lo llevé a casa. 

Ahí permaneció, colgado y paciente, durante nueve largos meses. 

Pero hoy me sentía distinta, de esa forma extraña en la que una sabe que algo tiene que cambiar, aunque sea algo pequeño. 

Y lo hice, me vestí de rojo y salí rumbo a la clínica. 

Al llegar, León estaba en recepción. 

— ¿Cómo estás? ¿Necesitas algo? 
— Todo bien, León, gracias. 

Minutos después se acercó a mi oficina. 

— Maia, te traje café y unas pastisetas. 
— Hmm, gracias, León. 

Más tarde, Contador hizo lo mismo. 
Al rato, la chica de seguridad llamó a mi puerta. 

— ¿Puedo ayudarle? 
— Yo solo... pues, es que... 
— ¿Qué pasa? 
— Le traje unas gomitas. 

Y me entregó una pequeña bolsa de gomitas con chile.  

Luego pasó la chica de recepción y nos quedamos platicando de nada y de todo a la vez. 

Al final del día entendí algo, el vestido rojo no me había hecho más amable, más simpática ni más interesante. 

Pero, por alguna razón, había convertido mi oficina en una estación de servicio comunitario de café, galletas, gomitas y visitas inesperadas. 

Mañana volveré a usar ropa normal, aunque, si desaparecen el café, las pastisetas y las gomitas, tendré que aceptar una verdad incómoda.

El mérito nunca fue mío... Era del vestido.









miércoles, 17 de junio de 2026

Cosas del Destino





Aprendí a esconder mis heridas detrás de máscaras, a manipular antes de ser lastimada y a alejar a quienes intentaban acercarse demasiado. 

Creía que nadie podría tocar aquello que guardaba en lo más profundo de mí. 

Entonces llegaste tú; y sin darte cuenta, derrumbaste cada muro que había construido. 

Tu amor me encontró en el momento justo. Me hizo sentir vista, deseada; y comprendida de una forma que jamás había conocido, el caos que habitaba en mí poco a poco iba perdiendo fuerza. 

Por primera vez no quise huir, no quise controlar, no quise fingir. 

Solo quise quedarme entre tus brazos y permitirme sentir. 

Una noche me encontré frente a Destino, la figura encapuchada que guarda en un inmenso libro todo lo que fue, es y será. 

Busqué mi historia entre sus páginas y encontré muchos errores, muchas cicatrices... hasta llegar al momento en que te conocí. 

Allí la tinta parecía arder. 

No había final, las páginas estaban en blanco. 

— ¿Por qué? -susurré-. 

— Porque las próximas líneas las escribirás con el corazón -respondió Destino-. 

Y entendí que mi destino nunca fue el caos que habitaba en mí, fue este amor que me consume, me transforma y me hace elegirte una y otra vez. 

Mientras Destino guarda la historia del universo, nosotros escribimos la nuestra con cada beso, cada caricia; y cada latido que lleva tu nombre.








Inspirándonos con Sylvia 

viernes, 12 de junio de 2026

La lógica de Zulema


Organizamos una reunión de fin de semana a las afueras de la ciudad, en una cabaña rústica situada en la sierra madre del sur, nuestro equipaje era monumental, seguimos sin aprender a viajar ligero.

Marce empezó desempacando sus ya legendarias madejas de lana roja, no pierde la esperanza de tejer a Ninna una hermosa bufanda, -lleva años intentando con tutoriales de YouTube-, un cuaderno con algunas puntadas que no ha logrado descifrar y su lápiz de correcciones.

Sarita llevó vodka y tinto, naranjas, manzanas, algunas especias; y poco más para preparar Glühwein.

Nos sentamos a la mesa, sin más ganas que solo descansar.

— Aún se siente la ausencia de Laura

— Sí, pero fue ella quien se apartó del grupo

— Debimos insistir

— No puedes forzar lo que no nace

Sorbitos de tinto antes de cambiar de tema


— ¿Has pensado tener hijos, Zule?

— No, nunca, no quiero hijos

— ¿Y tú, Sandy?

— Sí, llevo un año en tratamiento de fertilidad

— ¿Y tú, Cinthia?

— No puedo embarazarme, el médico dice que no existe problema, que me relaje

— Eso mismo me dijo la doctora de fertilidad en mi primera consulta

— Zulema, dijiste que no quieres hijos. ¿Cómo que doctora de fertilidad?

— Hace unos meses vi a una amiga y estaba flaquísima, le pregunté qué estaba haciendo y me habló de una ginecóloga especializada en fertilidad, me pasó su contacto y me dijo que sacara cita para fertilidad, que si pedía consulta ginecológica, me la darían hasta dentro de seis meses

— ¿Y lo hiciste?

— Claro, me dieron cita para un mes después; y esa tarde me llamaron para reagendarla a la semana siguiente. Llegué a consulta y la doctora me preguntó si tenía pareja, novio, esposo, amigo, amante, quedante, consorte o lo que fuera, le dije que no, luego me sacó un catálogo de donantes de bichitos con todo y fotografías

— ¡No manches!

— Sí; y cuando le pregunté si eso no se suponía que era anónimo, me dijo: "Lo es, pero tienes que imaginar cómo sería tu hijo, ponerle rostro", después añadió que todos los donantes pasaron rigurosos controles genéticos y que podía escoger cualquiera

Las carcajadas empezaron a aparecer.

— Me mandó hacer unos estudios. Una semana después, revisó los resultados y me recetó suplementos y vitaminas. Luego volvió al catálogo y me insistió: "Escoge, escoge, no vaya a ser que salgas de aquí; y por tus ganas de tener un hijo termines embarazándote de cualquier chacal que encuentres por el camino".

Estallamos en risas.

—Le dije que sí tenía pareja, pero que estábamos enojados y que aprovecharía esos meses para ponerlo a prueba y ver si era digno de ser padre, me respondió que era una excelente estrategia

—Zule, fuiste con una especialista en fertilidad. ¡FER TI LI DAD!

—Ya lo sé, me quedó clarísimo cuando apareció el catálogo de sementales, pero, siendo justos, la doctora hizo bien su trabajo. Resultó que sí me faltaban varias vitaminas

—¿Y el catálogo? —preguntó, Sarai

Zulema levantó la copa y sonrió.

—Lo guardé, es que debo admitir que el número diecisiete tenía unos ojazos... y trae todos sus datos, quizás hasta podríamos practicar con balas de salva 

Sonoras carcajadas.

El resto de la tarde hablamos de la extraordinaria capacidad de Zulema para terminar en el lugar equivocado; aun así, conseguir exactamente lo que buscaba.








jueves, 4 de junio de 2026

Su mirada



Era una niña que apenas despertaba a la adolescencia. Tenía amigas mayores que yo, una de ellas era Aline, con casi el doble de mi edad. 

Pijamadas, salidas a cenar y tardes en casa formaban parte de nuestras actividades. 

Llevábamos algunos años de amistad, no sé cómo terminó embarazada y casada con mi hermano mayor. 

Aquellos fueron tiempos complicados. 

Después llegaron dos hijas y algunas agresiones que mi hermano recibió, atribuidas a la supuesta "inestabilidad" de ella. 

Luego vino la separación. 

—Maia, cuánto tiempo... ¿sigues con el mismo? 

—¡No! Innombrable quedó en el pasado. 

Su pregunta me estrujó por dentro, era normal, me dije, Aline se había marchado lejos años atrás, aunque fuimos amigas y su ausencia me dolió, hacía mucho que no sabía nada de ella; y ese encuentro en la cafetería fue inesperado y sanador. 

—¿Y las niñas? ¿Cómo están? 

—Hermosas, nos fuimos al norte, con mamá. 

—Entiendo 

Verla fue como tener una postal antigua frente a mí, el mismo corte natural de cabello, pantalón casual, una polo, mocasines, todo en tonos beige y café, muy de ella, cero maquillaje, sin anillos ni collar, sin los detalles sencillos de siempre.

Sin embargo, algo había cambiado, su mirada tenía una serenidad que antes no recordaba. 

—Maia, me casé... 

Lo dijo inclinándose hacia adelante. Me observó con atención, como si buscara una respuesta antes de expresar lo verdaderamente importante.

—¿Eres feliz? 

—Maia, me casé con una mujer 

Sostuvo mi mirada 

Firme 

Penetrante 

—¿Eres feliz?, -me escuché repetir-

Entonces se relajó y volvió a recostarse en la silla. 

—Inmensamente 

Sonreí 

Sonrió 

Y la tarde siguió su curso; ya no había nada que decir, su felicidad llenaba todos los silencios.



¡Acompáñame!
Té, Café; y pastel de chocolate extra, con extra chocolate -una locura- con, Aline, en sus dos años de matrimonio.





Diversidad sexual y de género con, Dafne