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Estos días aproveché el encierro para hacer limpieza pieza por pieza; y con días así, donde la música es el motor que me mueve, me di cuenta que, creyéndome minimalista en realidad soy un poco acumuladora.
Tenía desde la posadita de diciembre sin saber de Milli, hasta esta tarde que me ha pedido vernos en Las fronteras, un restaurante de música en vivo y cortes, muchos cortes y cero ensaladitas. Al llegar, apenas sentarme y Milli me acercó la copa de vino — Pedí por ti, espero no haber fallado, sonreí y me dispuse a jugar con la copa, Milli estaba inmersa en su caótica mente y empezó a relatar el motivo de nuestro encuentro.
— Maia, con frecuencia tengo la sensación de que algo me falta, no lo sé, es como si el día estuviera incompleto, como si de las cosas que hago me dejara a un paso de finalizarlo y algo se quedara abierto, a veces digo, quizás cerveza; y va la cerveza, otras pienso, quizás es sexo; y lo busco y él está siempre dispuesto. Después de un año de casados sigue siendo atento, generoso, varias veces al día me llama o me envía mensajes, -siempre los mismos- ¿Qué haces?, ¿Cómo va tu día?, Mándame un beso... como si al enviar un beso físicamente le llegara, porque pareciera que hasta lo siente, "Tu beso fue de una ternura indescriptible", "Tu beso fue una caricia para mi soledad". Maia, trabajo dieciséis horas al día, pero estoy disponible todo el tiempo 24/7; y él solo ocho horas cinco días a la semana, sé que tiene mucho tiempo libre, pero vamos, si me llama y me distrae de lo que estoy haciendo, prefiero que me hable de cosas importantes, que me cuente esos pequeños detalles que ha tenido en su día, a quién extraña, qué cosas pasan por su mente, si recuerda a su padre, si han cambiado los sentimiento hacia sus conflictivos amigos, no lo sé, pequeñas cosas que me acerquen, que me hagan meter velocidad al trabajo y llegar temprano y sorprenderlo, Maia, siempre lo escucho, hasta esas preguntas sosas de ¿qué haces? que nunca sé cómo responder porque me parecen ilógicas.
— ¿Has probado hablarlo con él?
— Todo el tiempo, sutilmente
— Quizás deberías empezar a ser más directa
— Quizás... mira, cuando nos casamos, llegaba a casa y ya estaba la ropa limpia y planchada, la comida caliente, la despensa cubierta y hasta me tenía las pantuflas calientitas en la puerta, no sé si se sentaba encima de ellas o qué carajos les hacía pero te juro que estaban calientes, luego venían los reproches, "No tienes tiempo para mí", "No te das cuenta todo lo que hago por ti" y todas esas cosas, le dije que no quería que hiciera nada de eso, que quería un compañero, no un intendente; y lo siguió haciendo; y me siguió reprochando. Contraté a una señora cinco días a la semana para que se encargue; y le dije, ¡haz algo con tu vida, sal, diviértete, ve a los antros, emborracharte, visita a tu familia, ve al gimnasio, sé infiel, lo que quieras, pero no te quedes en casa esperándome, que mi trabajo es mucho más tardado y tú lo sabías desde mucho antes de casarnos"
— ¿Milli, tú lo amas?
— Es mi mejor amigo, mi roomie
— ¿Tu marido es tu roomie?, pregunté si lo amas -se encogió de hombros-
— Ya te digo, es mi mejor amigo, mi compañero de cuarto, salimos -cuando hay tiempo- nos divertimos, tenemos sexo, dormimos juntos, ¿Hace falta más, acaso no es suficiente?, ¿Cómo sabes si amas a alguien?, ¿Qué diferencia existe con lo que tenemos?
— ¿Y por qué sientes que algo te falta?
— Joder, Maia...
Adoraría que mi pareja fuese mi mejor amigo, pero no tendría intimidad con mi mejor amigo -si no es mi pareja-, ¿Cuál es la diferencia?... ¡El amor!, para mí es así de simple.