La oscuridad de la ciudad no ocultaba del todo los rastros de sangre que, al igual que la lluvia se escurrían por el alcantarillado.
Encendí un cigarro mientras caminaba entre callejones solitarios, las luces de neón parecían deslizarse por los charcos. Me ajusté el abrigo, el frío llegaba hasta los huesos, mientras, el cigarro hacía esfuerzos por mantenerse encendido bajo la lluvia.
Trabajaba sirviendo tragos en un bar del puerto, no hacía preguntas, ni me cuestionaba nada, sobrevivir era suficiente para mí. En ese lugar aprendí a reconocer el miedo por la forma en que alguien sostenía un vaso, sin importar lo bien vestido que estuviera, el poder se mantiene ensuciándose las manos.
Entonces apareció ella.
Entró empapada, con un abrigo oscuro, cuello alto enmarcando su rostro angelical y una mirada rapaz, capaz de atravesarme por completo y buscar lo más oculto de mis pensamientos para exponerlos sin inmutarse.
Regresaba cada noche; yo la observaba con fascinación; y entre vasos vacíos, olor a podredumbre y canciones desafinadas nos fuimos acercando. Bastaba rozar sus dedos al servirle un whisky para aliviar el frío.
No nos prometimos nada, sabíamos que las promesas duraban menos que un amanecer sombrío.
Descubrí demasiado tarde que investigaba una red donde policías, empresarios y mafiosos compartían la misma mesa. Cuando comenzaron a seguirnos entendí que enamorarse en ese barrio era otra forma de firmar la sentencia de vivir constantemente en el umbral del miedo.
La noche que intentamos escapar, el puerto olía a sal, a combustible y despedidas. Ella sabía lo que venía, tomó mi rostro entre sus manos y me sostuvo la mirada, quizás fue una despedida, hasta el día de hoy no he logrado descifrarlo. No hubo besos ni promesas; solo nuestras frentes unidas, respirando el mismo miedo.
Los disparos llegaron antes que el amanecer.
Desde entonces, vago sin rumbo, pero siempre vuelvo al viejo bar, pido dos whiskies. El mío lo sostengo de la misma forma que se sostiene el miedo; y dejo el otro frente al asiento vacío...
La mujer dejó la copa de vino en el piso. Había llorado con el último capítulo de su radionovela favorita. Miró el viejo radio y sonrió, derrotada.
— ¿Diecisiete meses escuchándote para esto?, juro que no lo volveré a hacer...
Guardó silencio unos segundos; y rompiendo su promesa, murmuró.
— Nos vemos la próxima semana... A ver con qué me sales ahora.
Intriga en la gran ciudad, está semana custodiada por Neogeminis

Un excelente relato que muestra, una vez más, tu capacidad de contar historias en este formato. Esta en particular nos sumerge en ese ambiente nocturno de las novelas negras y hasta de las películas que siguen ese estilo. Incluso recordé "Sin City" o "Los sospechosos de siempre". Y ese final que rompe todo lo leído anteriormente. Lo he disfrutado.
ResponderBorrarBesos dulces, Maia y dulce semana.
existen personas que consumen argumentos totalmente imaginados una y otra vez aunque estos no le gusten ni tampoco algunos de los personajes pero lo hacen porque detrás de ellos hay algo de real que lo hace posible.
ResponderBorrarLos guionistas suelen estropear los relatos. Pero el tuyo es atractivo e irónico. Te superas.
ResponderBorrarMuy bueno, es ver la escena en ese bar donde la. Corrupción está presente y no da cabida para nada más
ResponderBorrarAunque el amor se filtra tras unas copas y unas miradas.
El final solo nos indica que puede continuar de que forma solo el autor lo sabrá .
Un abrazo, feliz semana 😘
Muy buena historia, y muy bien cerrada :) Vivir las vidas ajenas sin correr peligro siempre es una buena solución...
ResponderBorrarEnredo e história muito bem elaboradas,Maia! Bela leitura! beijos, ótimo dia! chica
ResponderBorrarMaia, qué placer leer este relato tan oscuro y tan hermoso. La ciudad, la lluvia, el bar del puerto y ese amor que nace en medio del miedo crean una atmósfera que envuelve desde la primera línea. La aparición de ella —esa mirada capaz de atravesarlo todo— sostiene la historia con una intensidad que no se apaga ni en el final. Y ese giro último, tan irónico y tan humano, deja una sonrisa derrotada y luminosa. Es un texto que brilla dentro de su propia sombra.
ResponderBorrarUn fuerte abrazo, Maia.