Tengo miedo.
Lo digo en voz baja, casi como un susurro, como si nombrarlo pudiera hacerlo más grande. Me siento mejor, sí. Respiro mejor, sí. Mi cuerpo empieza a responder, sí. Pero el corazón no solo guarda latidos, también conserva recuerdos.
A veces me descubro preguntándome; ¿y si falla?; ¿y si mi cuerpo lo rechaza?; ¿y si me permito volver a confiar y todo se rompe otra vez?
El cardiólogo me dijo al despedirse. — Es normal tener miedo. No pasa nada.
Quise creerle. Y en el fondo, sé que tiene razón. Pero el miedo no entiende de explicaciones. Habita, silencioso, ese rincón donde las noches se hacen largas y las preguntas no encuentran respuesta.
Supongo que aprender a vivir también es esto, caminar con miedo, sin dejar que el miedo sea quien marque el paso.
No sé cuánto tardaré en volver a sentirme completamente segura.
Solo sé que hoy, aunque me tiemblen las certezas, sigo aquí.
Y quizá, por ahora, eso sea suficiente.
Quizás, el algún momento, vuelvan las tardes de café, los tés compartidos y las películas en el mullido sofá. No porque el miedo haya desaparecido, sino porque la vida, poco a poco, habrá vuelto a abrirse camino.