Desde hace semanas los pajarillos ya no se acercan a comer o beber; yo sigo igual, poniendo agua y comida en sus cuencos.
Esta mañana, a punto de ducharme escuché sonidos extraños, era tal la insistencia que me preocupé pensando en quizás el boiler de paso, quizás el gas, me envolví en la toalla y bajé curiosa y temerosa.
Fui siguiendo el sonido de lo que se había convertido en pequeños quejidos. En el jardín había una tortolita masacrado a otra, salí corriendo y manoteando, — No, vete, vete, le decía, el pajarillo volaba hasta el borde de la barda y se venía en picada, insistía en terminar con el pobre pajarito. Lo creí muerto, levanté la vista y el pajarillo criminal estaba esperando.
En ese momento llegó la señora de la limpieza, me acerqué a la puerta para hablarle y en un instante ya estaba el pajarillo picoteando al otro, lo quisimos espantar con agua y no se iba, estaba allí, esperando su oportunidad, la señora se puso guantes y quiso revisarlo y el pajarito se levantó, corrió e intentó volar sin lograrlo, a punto de caer a la alberca y la señora lo alcanzó de la colita, le acerqué una caja y allí lo guardó, el otro seguía vigilante desde las alturas.
Ella ama a los animalitos y quedó de llevárselo al veterinario -nunca recordé a, Sarai-, así lo hizo; ya en la tarde me llamó y me dijo que el pajarito se había recuperado, que no quería comer ni beber, que solo buscaba la forma de escapar y así lo hizo, lo dejó libre y se perdió entre tantos.
Yo salí al jardín a revisar los cuencos y vi al pajarillo; y entendí por qué era tan territorial. Ahora tengo una familia de cuatro integrantes acampando en la barda del patio.
¿Me acompañas?
Mecedoras en el jardín, vinito, café, té y limonada en la mesita ratona.
