Intento concentrarme en esta publicación, ¡y no hay manera!. La música de fondo me envuelve en un bucle infinito de sensaciones, de tiempos pasados por el recorrido sinuoso de la vida. ¿Cuántas veces, en compañía de nuestro peor verdugo [nosotros] nos sentimos impotentes, insuficientes, buscando más, queriendo más, soñando más. Los tiempos no eran los adecuados, las compañías quizás tampoco; y fuimos dejando de lado eso que nos ilusionaba.
Me volví rutina detestando la rutina que hoy adoro, ahora, cada amanecer, incluso antes que los rayos del sol cálidamente desciendan por los tejados, salgo al jardín -como hacía mi padre-con un topper en las manos, ahora es grande, cuando inicié era tan pequeño, que apenas resguardaba unos gramos de semillas; y como veo las cosas, nuevamente tendré que cambiar el tamaño.
Mis comensales cada vez son más, es acaso que dan aviso a los demás, comunican dónde hay alimento, todos son familia... lo desconozco, solo sé que detienen su vuelo diurno y en el borde de la barda esperan -im-pacientes, su tiempo es preciso y al tardarme unos minutos más de lo habitual empieza su canto, o quizás su queja.
Me doy prisa en llenar sus platos, los colgantes son ocupados casi de inmediato por tortolitas, grandes y regordetas, verlas allí, balanceándose al alimentarse es una locura; y otros cuencos a centímetros del piso, allí se acercan a comer los más pequeños, se mueven en grupos ruidosos, revoltosos, alegres, cambio sus aguas y me alejo, observo desde dentro el revoloteo; y nuevamente su canto, parecen alegres; y esa rutina la repito tres veces al día, la última poco antes que vayan a dormir, -no quiero que duerman con sus barriguitas vacías-... luego el silencio.
A finales de noviembre arribaron pajarillos canadienses pecho amarillo, miles de ellos se apoderaron de las plazas cercanas, incluida la que tengo frente a casa, día y noche su canto sin cesar, me obligué en pleno invierno a dormir con puertas y ventanas abiertas... ¡un deleite escucharlos!.
19:00 hrs de un sábado de diciembre, poco antes de noche buena me preparé para salir a caminar con, Gurrumino, Marcos llegó en ese momento y se ofreció a acompañarnos, cruzamos la calle y nos adentramos en la plaza, cerca del kiosco, el crujir de unas hojas secas activó un agitar de alas masivo; y los suspiritos pecho amarillo empezaron a volar en todas direcciones; y una lluvia de heces fue a aterrizar directamente sobre nosotros que corríamos -yo gritando y manoteando histérica, Marcos a carcajadas intentando cubrirme con su cuerpo; y Gurrumino ladrando sin cesar-.
Ya en casa; y después de una ducha exhaustiva nos sentamos en el sofá negro; y al intentar abordar el tema, nos ganó la risa...
Es un hecho que hay vídeos, cada casa -aunque lo nieguen- tiene mínimo dos cámaras con sensor de movimiento grabando cada detalle que acontece 24/7 -incluída la mía-, pero no seré yo quien lo muestre.
La música de fondo continúa, los sueños e ilusiones de antaño se han desvanecido, el estereotipo de felicidad ha madurado; y ahora son esos pequeños detalles los que llenan mi vida de alegría y paz, sobretodo paz, mucha paz.
Té, café, galletitas y tarta de calabaza en la mesita de arrime
¿Me acompañas?
Alguien dijo que el secreto de la vida estaba en los detalles. Tal vez la sabiduría. Acaso también el placer.
ResponderBorrarEs bueno siempre maravillarse con lo que ocurre alrededor y pasa desapercibido para muchos, como es la naturaleza misma. Solo espero que no se vuelva la rutina como la película de Hitchcock. MI niña se hace mayor.
ResponderBorrarBesos dulces, aún te espero en Mi Baile.