Se abrió la puerta y entraron cinco personas en el ascensor; yo venía tan detrás que no hice esfuerzo por alcanzarlo.
Un buen samaritano detuvo la puerta en el instante antes de cerrarse y me esperó pacientemente, ofreciéndome el pase, salió un poco para darme acceso; y al volver a entrar, el ascensor lanzó un mensaje... "La última persona trae sobrepeso, debe bajar", ¡así de cruel!.
El buen samaritano se disculpó, inclinó ligeramente su cabeza y salió, hice el intento de dar un paso hacia afuera, él levantó su mano para que me detuviera y sonrió suavemente, tenía un brillo especial en su mirada. Llegando al segundo piso las cuatro gruesas personas bajaron, regresé por el hombre desconocido y al abrir la puerta... ahí seguía, después de ver su expresión de asombro - ¡Anda, te llevo! -... ambos sonreímos.
Tercer piso, habitación 304 y él 306, al final resultamos vecinos. Ese fue el inicio de una posible (buena) amistad.