El bar estaba lleno, a mi izquierda Marcela, quien decidió después de inspeccionar minuciosamente al Mesero que vino a tomar la orden, que quería llenar la pequeña mesa con muchas cervezas y copas de vino, no perdió oportunidad para pedir uno por uno.
El Mesero después de cinco vueltas a nuestra mesa, ingenuamente ofreció que una botella de vino sería mejor opción que pedir copa por copa, -aún llenas-. Los ojos chispeantes de Marcela le dieron una única respuesta. El Mesero se ensanchó de hombros, Marcela sonrió; yo callaba e intentaba parecer interesada en algo que me ofrecía el móvil, leía, respondía, a veces borraba. Mi mente no estaba interesada en los mensajes de whatsapp, solo los que me enviaba Manolo, pero Marcela requería intimidad.
Pausa... Silencio.
Asomé la vista fuera del móvil y vi a Marcela intercambiando números con el mesero. Dejé de escribir, la miré con escepticismo y pregunté; ¿Todo bien?. ¡Si!, después de eso...
Pausa... Silencio.
Cuando El Mesero terminó de anotar su nombre y su número y trajo las bebidas siguientes, se retiró a cubrir otras mesas, cosa que agradecí porque la mesa ya estaba atiborrada de bebidas, miré a mi izquierda, Marcela tenía una enorme sonrisa que no pudo y no quiso disimular.
Marcela, tú no cambias.
Pausa... Silencio.
Sonrisas y algunas risillas traviesas. La noche apenas iniciaba...
Y no me gustaría que lo hicieras, te veo maravillosa. Y volví al móvil a finalizar mi escritura con Manolo.