En incontables ocasiones, mi madre, dentro de su delirio hablaba de mi hermano pequeño (no tan pequeño), posiblemente en algún momento eso originó ciertos celos, no lo tengo presente, la disculpa era que, por ser el menor; ¡y siempre sería el menor!, tenía ese pedestal privilegiado de apego materno.
Casi al final de su vida ella dijo algo que me descolocó. — Maia, cuida de Jesús, no lo dejes solo, ve que llegue a casa y no se pierda en la oscuridad — Sí, mami; yo te lo cuido...
Estando en el hospital; y con todo listo para la cirugía de Marce, cuando la anestesia recorría su cuerpo, me dijo algo parecido. — Maia, cuida de Marcos, no lo dejes que se hunda en la oscuridad...
Me desconcertó la similitud de ambos pensamientos en una brecha generacional abundante, ¿por qué pensar en Marcos cuando su bebé corría el mismo riesgo que ella?; y entonces lo entendí... Marce, al igual que mi madre conocía muy bien las vulnerabilidades de la persona que está a su lado y la preocupación era inevitable.
Yo misma en un juego/dinámica en la que participamos, Marce, Sara y yo, me preguntaron a quién salvarías de tus amigas si solo una pudiera ser rescatada, sin dudarlo escogí a Sara, ante la sorpresa de Sara, no así de Marce, cuando Sara me preguntó por qué; y a punto de responderle Marce intervino. — Porque sabe que de una u otra forma yo me salvaría, Sara. En ese momento Sara no supo si alegrarse u ofenderse, en el fondo eso no importaba.
Porque nuestra naturaleza es proteger a unos más que a otros, o quizás un sentimiento un poco más egoísta; protegernos del dolor evitando que algo suceda a quienes amamos.