Me llamó y quedamos para desayunar en el lugar de siempre -no lo recordaba- conforme me acercaba, seguía tratando de traer a mi memoria un lugar específico donde nos reuníamos con el resto del personal. Le envié un mensaje pidiéndole la ubicación y argumentando que hacía tiempo no regresaba.
Al llegar, sentí un velado reproche en la mirada, aún así se levantó y fue a encontrarme, ¡todo un caballero!, -es de lo poco que no olvidé-, abrió la silla y me invitó a sentarme, se acomodó frente a mí -es el único que no se sienta a mi lado-, estiró ambas manos incitándome a hacer lo mismo, el calor de su roce se sintió como una descarga e instintivamente las retiré.
En el tiempo que estuvimos desayunando no hubo nada sobresaliente, al terminar me acompañó al coche, quiso deslizar su dedo por mi brazo, esa repentina cercanía me hizo sentir incómoda; y dar un paso al costado fue una reacción instantánea.
¿Cómo está Manolo?, sus facciones se volvieron rígidas y con toda la mala actitud mencionó tajante. Vivo con el temor constante que un día me llegue vestido de señorita, o que se me aparezca con un hombre como pareja y me diga que es gay, sí, tiene muchas amigas, pero ninguna novia; yo lo fui -pensé-.
Continuó diciendo, las mujeres no son amigas de los hombres, a menos que sean homosexuales. Tengo amigos que son hombres, tú y yo en algún momento lo fuimos, ¿fuimos?, somos amigos porque tú así lo has querido. El silencio se apoderó de los dos, recordé por qué lo había sacado de mi vida, aún siendo el padre de Manolo.
¡Ay, Esteban!, sigues siendo el mismo -subí al auto y me alejé, esta vez en forma definitiva.
Manolo... si tu padre supiera.