Aquellos tiempos en casa de la abuela, la seguridad estaba a cargo de una cadenilla en la puerta principal que solo era usada antes de dormir. Mi madre en cambio, era desconfiada; y había cambiado las hermosas puertas de madera por unas de doble metal totalmente cerradas, encima de una de las dos pesadas cerraduras hizo colocar una mirilla, no en el centro, al costado izquierdo; y qué decir de las ventanas... enrejadas desde dentro de su construcción.
Contrario a la colorida y hermética casa de mis padres, -cada habitación tenía un color distinto-entrar a la casa de los abuelos era una sacudida a la retina, todo era blanco y luminoso, con luces blancas de techo y lámparas, siempre encendidas, no importaba si era de día o de noche, con ventanales grandes y cortinas vaporosas, la luz entraba a raudales y costaba un poco acostumbrarse a tanta brillantez.
Y al abrir la puerta, en línea directa y hacía el fondo se encontraba al abuelo sentado en su vieja y pesada mecedora de madera, de respaldo alto y crujido en su movimiento, cada día se sentaba allí a leer el periódico del día; y al costado izquierdo, una mesita de arrimo donde tenía un apilado de otros periódicos; y su copita de Jeréz.
La imagen que guardó mi memoria es de un hombre alto y robusto, tez blanca y cabellos de plata, de traje gris y camisa azul suave y cuadrícula casi imperceptible, su rostro se fue borrando con el paso de los años, lo recuerdo como una postal desvanecida, siempre sentado en su mecedora leyendo las noticias.
Al cumplir 50 años de casados, esa noche el abuelo murió, tenía 68 años, días después la abuela cambió, salía con frecuencia, movió muebles, renovó cortinas; y se deshizo de todas las pertenencias del abuelo, solo quedó la mecedora de respaldo alto; ¿y cómo no hacerlo?, si dicen que el abuelo fue un maltratador con ella -conmigo fue un cachito de cielo, no lo conocí en su etapa cruel-.
Semanas después la abuela volvió a su sombría quietud; y la sonrisa que había mostrado en ese tiempo se desvaneció. Pidió a mi padre que se llevara la mecedora, decía que en las noches escuchaba su crujir, también que veía una silueta en ella. Un mes después la abuela también murió, tenía 63 años, -decían, que en su egoísmo, el abuelo había venido por ella-.
Los domingos era el único día de la semana libre de responsabilidades, aún así, me levantaba a las seis de la mañana, encendía el televisor, seleccionaba el canal, iba y me acurrucaba en la mecedora del abuelo y veía la liga de la justicia, el crujir del mueble atraía a mamá que llegaba aterrada. Ella decía -y lo creía- que la mecedora se movía sola; y que en las noches veía una silueta encima de ella, -mamá era sugestionable-. Yo adoraba esa mecedora porque era consciente que el abuelo la apreciaba.
Incapaz de deshacerse de ella por ser un objeto familiar, empezó a arrinconarla, apilar cojines, cubrirla con una manta; y un tiempo después -no sabría con exactitud cuánto-. Una mañana pasó un vecino en su camioneta, mamá lo detuvo y le hizo subir la mecedora y le pidió que la desapareciera.
En los años que tengo de independencia, no volví a recordar aquella mecedora, hace unos días, hablando con una amiga salió el tema de la mecedora, me vino la nostalgia por el abuelo y salí a carretera con rumbo a aquellos lugares de artesanías; y me he comprado esta curiosa mecedora de color vibrante -la única que quedaba, no reemplaza a la del abuelo, pero bien vale el recuerdo-.
¡Acompáñame!
Hoy tenemos Jeréz -gusto del abuelo-; y los acostumbrados, Té, Café, Limonada, Fresada; y lo que apetezcas en la mesita de arrimo; y en el televisor, La dama de los muertos.
