Música dedicada a un pequeño amigo ladronzuelo de cadenitas
Llegué puntual a la cena, llevaba entre mis manos una canasta de mimbre de frutas colgantes, dentro había algunos pequeños tarros de mermelada: vino tinto con frutos rojos, pimientos rojos, jalapeños, algunos de frutas y el de cerveza, también licores de crema: crema de mezcal; y mis preferidos, crema o licor de café y cola de mono -todos en porciones de cuarto o medio para mejor sanidad-.
Después de tocar escuché una voz masculina que indicó — Pasa, la puerta está abierta — y antes que pudiera echar mano al pestillo, ésta se abrió
Estar o no de acuerdo con Marcela es algo que se resuelve a puerta cerrada, aún así, mi apoyo incondicional siempre lo tiene, pero, engañar a Marcos con un tarro de mermelada de cerveza es tarea complicada cuando se es consciente que él, en su otra vida -unos quince años atrás- fue un chef reconocido, ¿y cómo hacer para que no sospeche?. Soy consciente que Marce y su marido están en una nueva etapa de sus vidas; y hay cambios; y estos se seguirán sucediendo con el correr de los días, aunque parece que ellos no se enteran.
Llegué puntual a la cena, llevaba entre mis manos una canasta de mimbre de frutas colgantes, dentro había algunos pequeños tarros de mermelada: vino tinto con frutos rojos, pimientos rojos, jalapeños, algunos de frutas y el de cerveza, también licores de crema: crema de mezcal; y mis preferidos, crema o licor de café y cola de mono -todos en porciones de cuarto o medio para mejor sanidad-.
Después de tocar escuché una voz masculina que indicó — Pasa, la puerta está abierta — y antes que pudiera echar mano al pestillo, ésta se abrió
— ¡Manolo!
— ¡Maia, querida!
— ¿Querida?
— Perdona, la costumbre.
— ¿Costumbre?, pero si hace mucho que lo dejamos
— Hace mucho que ME dejaste; ¡y aún te extraño! — Se acercó y poniendo sus labios en mi mejilla; y ahí se quedó lo que pareció una eternidad — ¿Todo bien? — me escuché decir — ¡Por supuesto!, permíteme — y sujetó la canasta al tiempo que me ofrecía el pase.
Entramos en la cocina y detrás de la isla pude ver a Marcos concentrado en la preparación de la cena. Vestía una camisa blanca impecable -siempre me ha llamado la atención la pulcritud y el cuidado en el detalle en los hombres, en él- un par de dobleces en las mangas, un pequeño mandil negro colocado a la cintura -o cadera- y la destreza en sus manos al estar preparando su pasta casera al limón, todo vegano; y desde el podio me hace un guiño.
A veces se acerca a milímetros de mi rostro y me susurra — Es nuestro secreto, nadie tiene por qué enterarse — provocándome un escalofrío, esta situación viene repitiéndose por varios años, sea en pasta o cualquier platillo vegano que prepare... ¿y por qué me siento culpable?, como si estuviese traicionando a Marce al no comentar que, cuando estoy ahí, los platillos que prepara son veganos; ¿y por qué ella no se da cuenta que lo son?.
Cenamos, charlamos y disfrutamos de la noche, -aún con la presencia de Manolo- Marcos preparó su tan acostumbrada y deliciosa charola de quesos y galletitas, perfectos acompañantes de mis conservas. -No comprendo por qué nadie se entera que todo eso es vegano, no lo sé, quizás porque Marcos es un excelente cocinero y de un platillo sencillo hace todo un arte-.
Marcela con su tarro de mermelada de cerveza, galletitas y queso, Manolo de pimientos y jalapeño, también con galletitas y queso, Marcos y yo compartimos el licor cola de mono -es el único lácteo que consumo-.
En algún momento y después de vaciar casi medio tarro, Marce empezó a comportarse como si estuviera ebria, Marcos, desde su asiento al lado del mío estiró la mano, cogió el tarro y leyó la etiqueta y la miró con furia, Manolo y yo estábamos expectantes, sin saber cómo suavizar la situación.
Marcos se levantó violentamente y señalándola con el dedo índice la espetó — ¡Maldita sea, Marcela!, te prohibí que bebieras — y encaminándose hacia ella parecía que le pondría una mano encima, -un pasado desastroso se me vino encima- alcancé a tomarlo de la mano y solo pude balbucear — ¡Marcos, no hagas eso, no, por favor! — y a punto de las lágrimas se detuvo, quizás recordando mi pasado.
Me abrazó tan fuerte, que casi me deja sin aliento — Maia, cariño, tranquila, todo es una representación, jamás prohibiría algo a una mujer; y mucho menos le pondría una mano encima — sin salir de su abrazo susurré — ¿representación? — sí, pequeña. un juego que se le ha ocurrido a tu loca amiga — Maia, esta reunión con nuestros amigos ha sido para comunicarles nuestro divorcio — comentó Marce — ¡No puede ser!...
Y antes de partir Marce se acerca a mí y me susurra con una mirada extrañamente atenta — Maía, amiga, ¿te molestaría si Manolo y yo; ya sabes, empezáramos algo? — No, claro que no, ¿por qué me molestaría? — me apresuré a decir — ¡Súper bien!, no sabes el peso que me quitas de encima porque tenemos saliendo unos meses — Espera, ¿qué? -moví un poco la cabeza, demasiada información para una noche me puso la cabeza al límite-. Preocupado por mí, Marcos sugirió dejar mi coche en su casa y se ofreció a llevarme, algo que agradecí...
—Maia, también me sorprendí cuando me lo dijo hace meses, solo esperábamos el nacimiento de Ninna para iniciar los trámites; tú y Manolo aún seguían, pero ella me dijo que estabas enterada — como sea; ya no importa — ¿Paramos por un whisky? -eché el asiento hacía atrás y me dejé llevar-...
Y lo que parecía una cena-rebeldía de Marce hacia su marido se convirtió en todo, menos eso... ¿y ahora, cómo definir lo que estoy sintiendo?...