No cejaba en mi empeño por buscarle las costillas, en ese momento mi mente estaba a punto de estallar, intentaba molestarlo por un lado u otro... me exasperaba su calma.
Sentado en el sillón negro -como todo su atuendo- seguía inmerso en sus papeles; y yo enroscada en mi -des-control
— ¡No quiero verte!, refunfuñando me hice una coleta, tomé el bolso, el abrigo y me dispuse a salir lo más lejos de su vista, en dos pasos me alcanzó en la puerta, enredó su mano en mi coleta y sentenció con su índice
— ¡No!, son las tres y media de la madrugada; no me has dejado terminar y aún tengo cosas por hacer, te quedarás sentadita y me dejarás trabajar, ¿entendido?, me atrajo hacía él, sentí sus brazos rodeándome, su aroma impregnando mi cuerpo, su calor haciéndose mío, su calma envolviéndome... asentí con un ligero movimiento y me senté a esperar en total control con mis emociones. Saqué el móvil y escribí...
A veces, un mal día nos hace ver que en ciertos momentos necesitamos del otro, con suerte, ese otro está en el lugar y el momento indicado y nos brinda contención... Y es que, no puedo negar que cuando me pongo caótica, su temple me devuelve el sosiego.