Detrás de la ventana y a través de la cortina veo la farola que alumbra parte de la noche, su luz es cálida, sin mucha fuerza, me ofrece el paisaje como si fuera una postal antigua, luego observo el cuadro que he colocado en la pared contigua, es la figura de parte de la espalda de una mujer que admira el horizonte, ondea su cuerpo una túnica semitransparente y deja al descubierto la redondez del pecho del lado izquierdo, no demasiado como para mostrar su pezón. Eso fue parte de la restricción autoimpuesta por la pintora que me recomendó Marcela.
Recuerdo cuando me la presentó y le dije lo que quería, se puso nerviosa y me respondió que ella solo pintaba flores, a veces las olas y el beso con el horizonte; y ahí fue donde sonreí, - ¡Excelente!, el mar, el horizonte y una mujer semidesnuda admirando su belleza -.
La pintura quedó tan perfecta, que desde ese momento, Eunice incluyó en su amplio repertorio de flores y canastas figuras sutilmente expuestas, con el paso del tiempo, su pincel elevó el atrevimiento y ahora ha pintado un cuadro del torso (y un poco más) de un hombre, un hombre sin rostro propio, porque al observarlo te haces consciente que puede ser uno, o pueden ser todos.
Al final del día, estoy sentada en el rojo sofá, (mi favorito), con una copa de vino e imaginando cómo se verá la nueva pintura en mi habitación.