— Maia, ¡estoy molesta!, no, molesta es poco, ¡estoy furiosa!; y sigo quedándome corta
— ¿Qué ha pasado, Marce?
— Pues que el descerebrado de Marcos me ha prohibido beber
— Espera, ¿qué?
— Pues eso, que el muy hdp -en masculino, claro- se atreve a decirme lo que debo o no debo hacer
— ¿Quieres hablar?, porque no entiendo, me parece increíble que justo tú permitas algo tan absurdo; y no hablo de la bebida sino de una prohibición
— Como ya sabes, después de un chorro de semanas, el lunes dieron salida -por fin- a mi preciosa Ninna; y desde que ha llegado a casa, Marcos se ha puesto como un energúmeno
— Continúa
— Pues que me ha prohibido beber, no quiere siquiera que lo huela; y no conforme con eso, se ha guardado todas las botellas en su oficina, bajo llave
— Bueno, con una pequeña en casa, es normal que hagan cambios
— ¡No me jodas, Maia!, ¿por qué los cambios tienen que ser solo de parte mía?, no, ¡Marcos es un dictador! y no estoy dispuesta a permitírselo
— ¿Qué piensas hacer?, porque lo más claro es hablarlo sin rodeos, oye, por cierto, ¿segura que puedes beber?
— Maia, no estoy lactando, perdí esa oportunidad con todo el atiborro de medicamentos que me pusieron cuando estuve en la UCI, ¡no quiero beber!, es el hecho lo que me jode; y me calienta tanto, que estoy tentada a hacerlo delante suya; y para eso tú tienes que ayudarme
— Te escucho
— ¿Recuerdas cómo preparas esa deliciosa mermelada de cerveza?
— Sí, de hecho tengo unos tarros en la alacena, ¿por qué?
— Pasa en la noche a cenar; y lleva algunos de esos tarros
— Marce, ¿eres consciente que el alcohol se evapora con el hervor?
— Yo lo sé, pero Marcos no lo sabe
— ¡Por supuesto! -sonrisas cómplices
