viernes, 29 de marzo de 2024

En días de asueto



— Pero amiga, solo prueba una vez, no puedes ser tan cortita de mente
— No, Sarita, aunque te lo agradezco
— Vamos, Maia, confía en mí, si quieres lo hacemos en una cita doble y vamos por ahí a un barecito retro, hasta te dejo escoger entre ambos y ya luego lo que surja
— Diría que no
— Pero amiga, qué te cuesta... anda, no quiero que estés sola
— No lo estoy, además, no lo necesito, he pedido un prospecto por Amazon; y tengo en carrito otro por Mercado libre, quizás me decida y pruebe también con Ali Express -no importa si tarda más el envío, no llevo prisa- y ya si no funciona intentaré hacerme con la aplicación de Temu y buscaré por ahí... que por pedir no falte, pero por ningún motivo estaré en una cita a ciegas, Sarita 

— Pero amiga, mmm, oye podrías pedir otro para mí
— Ja, brindemos por eso, Sarita -a la distancia, amiga-

Dejo el móvil al lado y me centro en esa maravillosa caída del atardecer de esa escapada relámpago, mientras me dejo insuflar por la música de fondo de un ronroneo sutil.

Sí, definitivamente, soy una expulsión del averno por divertirme en estos días de introspección y perdón..


martes, 19 de marzo de 2024

Aquella primera vez


Regresaba de la escuela y la tía Elena me llamó a su lado e hizo una observación a mi madre.

— María, esta niña se ha desarrollado mucho antes que sus hermanas, debe usar sostén; y trata de comprarle blusitas escolares con spandex para que sus niñas puedan respirar.
— ¿Sus niñas, tía?
— Maia, tu mamá me entiende 

Guardé silencio, en un principio no debí hablar porque la conversación se estaba sucediendo entre mayores. Mi madre se molestó por las observaciones de la tía Elena pero no dijo nada, solo no volvió a ser invitada a casa, pero empezó a verme de forma diferente; y días después dejé mis pequeños corpiños y usé mi primer sostén, también unas blusitas que se expandían en los lugares más abultados, permitiéndome -al fin- respirar profundo.

En esa nueva versión de mí, me daba vergüenza asistir a clases con sostén y blusitas elásticas, era imposible disimular la forma del cuerpo, pero rápidamente me acostumbré, la comodidad logró imponerse al cambio.

Días después regresé avergonzada y temerosa, mis padres tenían un negocio familiar cerca de la casa, me detuve en la puerta y me quedé callada, observando su ardua labor para mantener en óptimas condiciones a su familia, ellos se encontraban ensimismados en sus ocupaciones. se hablaban poco, habitaban el mismo espacio apenas siendo conscientes de la presencia del otro, aún así, agradecí que se mantuvieran en su línea de padres unidos por sus hijos, algo que -sin hablarlo- habían decidido.

En algún momento mi madre levantó la vista de sus ocupaciones, se quedó mirándome, con esa mirada que sentía tan penetrante, era como si con solo verme sacara todos mis secretos y demonios; y desnudos los colocara allí, a la vista de cualquiera -mi abuela decía que mi madre tenía una mirada matadora, decía que así nos controlaba; y sí, cuando ella lo hacía, me convertía en zombi-. Mi madre no dijo nada, solo permaneció mirándome por largo rato, quizás presionando el momento para que revelara mi secreto, el que creí mejor guardado, tenía la piel erizada y hacía un gran esfuerzo por parecer serena.

Pasados varios minutos en los que intentaba escabullirme de sus ojos, mi padre se percató de mi presencia, sonrió e hizo algún comentario que no recuerdo -o no escuché, perdida como estaba- mi padre seguía hablando y yo seguía sin entender lo que decía, hasta que oí la voz de mamá — No te gastes, Juan, ella no te escucha. Mi madre me hablaba con la mirada pero mi problema era mayor y no presté atención.

— ¡Reprobé una materia!, bueno, no propiamente la materia, un examen -dije-
— ¿Solo uno?
— Sí, pa
— Bueno, uno no es ninguno, preocúpate cuando repruebes tres, -dijo mi padre-

Sentí un poco de alivio, aún así, la vergüenza no disminuyó, mi madre seguía sin quitarme la vista de encima, ella y los cuatro empleados de mis padres.
— Vamos a casa, Maia 

Estaba asustada, mi madre nunca se interesó en mis calificaciones o cualquiera de mis deberes, ella asumía que cada uno hacía lo que debía y nunca se involucró en algo después de haber dado una indicación o una orden -así entendía la confianza- pero no veía otro motivo que justificara su molestia. Al llegar a casa se colocó delante del espejo y señaló que me colocara a su lado; y así lo hice.

— ¿Qué es lo que ves, Maia?
— No lo sé, nada -sus ojos se volvieron más pequeños, señal de una gran molestia-
— Esto nunca debe verse, Maia, no debes tentar a los hombres ¿cómo dará la cara por ti tu padre si andas así, exhibiéndote? -lo decía al tiempo que señalaba en el espejo mi busto, más precisamente unos puntos sobresalientes en ellos-
— Yo, eh. Me quedé callada, por primera vez fui consciente que mi cuerpo era diferente al de las otras niñas. La vergüenza por el examen reprobado se vio minimizado por esos botones sobresalientes en mi blusa, instintivamente crucé los brazos tratando de cubrirlos y bajé la mirada.
— ¡Controla tus emociones!, es la única forma de dominar tu cuerpo, Maia. -asentí cohibida-

Luego de unos años aprendí, que eso que mi madre reprobaba tan duramente podía funcionar a beneficio; y cambiar fácilmente un no, por un sí.



viernes, 15 de marzo de 2024

Parecía difícil



Asistir a tiendas o lugares exteriores es diferente para mí del común de las personas, cuido de no tocar superficies, -así se muestren aparentemente limpias- pero entre las charlas o distracciones, en algún momento lo hago, e inconscientemente empieza el comezón en las manos. 

Familia y amigos me decían que exageraba, hasta una tarde que por casualidad descubrí -después lo confirmaron los estudios- que esta reacción anormal se llama Atopia; y es más común de lo que parece. Por ese motivo la limpieza en casa no es opcional, a tal grado es la incomodidad que la Atopia me genera, que me he vuelto obsesiva de la pulcritud.

Semanas atrás empecé a tener en el hogar esa misma reacción, esto ocurría al iniciar el día, cada día -antes de la acostumbrada limpieza- esto hizo que me diera cuenta que tenía inquilinos que estaban provocando mi molestia, después de asimilar la situación y ponerme en contacto con los especialistas, me indicaron que Gurrumino tenía que estar fuera de casa de una a dos semanas, quizás tres, dependiendo de cómo se desarrollaran las cosas.

Y así lo hice, llevé a Gurrumino a una guardería; y estuvo allí alrededor de una semana en la que iba a visitarlo unas horas de la mañana de cada tercer día. Los especialistas volvieron y se reagruparon e indicaron que se llevaría una semana más.

Miércoles por la mañana estuve de visita con Gurrumino, lo sentí apagado, distante y resignado, me partió el corazón y volví a casa en pedazos. Había caído la noche, estaba triste y solitaria, aparte de la situación con Gurrumino, últimamente hemos coincidido poco con JM. Me acomodé en el sofá negro y empecé a conversar con un amigo de la situación que estaba teniendo, en algún momento de la noche me llegó una notificación del grupo de mujeres con el ícono rojo de "importante", abrí el mensaje, me despedí de mi amigo y me dirigí a la guardería -uno de los perritos murió al cuidado de la guardería agredido por otro perrito-. Llegué a la guardería, busqué a Gurrumino y lo traje conmigo.

El problema con los inquilinos no sé si logró solucionarse, intuyo que sí porque la Atopia no ha vuelto, pero Gurrumino estaba diferente, siempre arrinconado o debajo de la mesa, cuando cerraba alguna puerta se ponía ansioso y arañaba la madera hasta lograr que la abriera, luego de eso iba y se guardaba debajo de la cama o detrás del sofá, no me seguía ni corría conmigo, tampoco me daba su muñeco favorito para que jugáramos; y así llevábamos un par de días en los que no lograba sacarlo de su ensimismamiento.

Otro día más y Gurrumino estaba en las mismas, acostado y sin querer levantarse — Gurrumino, hoy toca pollito; y la magia se dio, Gurrumino se levantó, se acercó corriendo y comió hasta dejar su plato limpio, luego de eso vino conmigo trayendo su juguete y volvió a ser el mismo...

Parecía difícil volverlo a mí; y fue tan fácil...

viernes, 8 de marzo de 2024

¿Acaso un intento de reencuentro?

🎼 🎶

Estaba a punto de salir de casa cuando al abrí la puerta lo ví acelerando el paso para alcanzar la vuelta, llegó hasta la curva y desapareció... Ahí me quedé, sin comprender lo que sentí. Fue un momento extraño, de esos que parece que el tiempo no corre. 

No vi su rostro, pero su cuerpo no ha cambiado mucho, quizás más delgado pero no lo suficiente para pasar por irreconocible. Después del incidente el resto del día lo pasé en el limbo, el -casi- encuentro con K se quedó en mi cabeza; y esa idea evitó la concentración.

Ya en la reunión con, Marce, mis pensamientos seguían fijos en su silueta. 
Maia, atiéndeme, ¿Estás segura que era K?
— Había olvidado que siempre me impresionó su altura, su complexión, es un hombre que en su casi 1,90 se inclinaba para hablar con la mayoría; y sus 110 kg se volvían torpes al abrazarme, creo que no medía su fuerza
— Es un cuerpo desperdiciado, deberíamos contratarlo como seguridad para la clínica, quizás así te decidas volver los fines de semana, amiga, que nos estamos complicando; ya sabes que nadie quiere trabajar los fines, ¿Y cómo va tu tobillo?
— Volvió a lastimarse, hice un movimiento brusco cuando lo vi alejándose
¿Tan malo es que haya vuelto?
— No, bueno no sé, éramos buenos amigos, por qué tenía que arruinarse todo...
— Porque todas las relaciones -del tipo que sean- son complicadas, pero, Maia, un hombre tan grande debe estar muy pero que muy grande, o sea, cualquier mujer estaría feliz a su lado
— Ay, Marce, al volver K me ha venido también aquella sensación de sentir que está en todos lados, incluyendo mis pensamientos.
¿Maia; y eso es malo? -me encogí de hombros- ¿oye; y está soltero?, digo, solo por saber, que soy una mujer comprometida, aunque eso nunca me ha importado, además ¿qué tanto es tantito?
— No te gustaría involucrarte con él, o bueno, no lo sé, quizás tú lo manejarías mejor que yo, pero esa sensación de estar siempre vigilada no es algo que quiero volver a experimentar; y no me gustaría que pasaras por algo así
— Pero, Maia, es que, 1,90 metros son muchos pero que muchos centímetros; y están para pensarse.

Lo cierto es que, a pesar de todo el revoltijo mental que me ha generado su regreso, me alegra sentir que parece estar bien.

lunes, 4 de marzo de 2024

Los cuatro supervivientes

🎼 🎶


Busqué de dónde provenía ese olor desagradable -humedad y/o bichos-. 

Empecé a mover, desechando y limpiando. Tengo -tenía- un pequeño rincón al lado del sofá negro y debajo de la ventana donde iba colocando los releibles; -y algunos que prometí leer-.

Con las contínuas lluvia que se han venido sucediendo; y las cortinas siempre cerradas, no me di cuenta que una diminuta y constante filtración fue a parar directo hacia ellos dejándolos inservibles. Sí, de ahí venía el mal olor; y de ahí  surgió mi tristeza por la pérdida. 

De entre poco más de cincuenta libros solo quedaron cuatro rescatables, El Quijote, El Alquimista, Once minutos y un libro de cocina -de ingredientes impronunciables- que me prometí leer y nunca lo hice. Al abrir uno de ellos me encontré una extensa y honda dedicatoria de un antiguo amigo que pretendía ser más... 

Conforme leía, ahora con años de distancia entre los dos, esta segunda lectura me arrojó matrices que en su momento no se develaron, también me recordó aquella frase que él repetía constantemente "Maia, tú y yo estamos conectados, lo que tú pienses; yo lo percibo".

Sucedió una tarde de calor abrasador, K se plantó fuera de casa, me llamó y me advirtió que no se iría hasta hablar conmigo, no me creyó cuando le comenté que estaba de viaje, se sentó en la acera y se dedicó las horas siguientes a detener a todo vecino que tenía la mala fortuna de pasar cerca de él y contarle de mí; y de lo mucho que lo hacía sufrir mi falta de querer.

En cada ocasión que abrí las cámaras desde el móvil, K estaba ahí, fiel a su palabra, la situación me provocó incomodidad; y duda, ¿Qué mueve a un hombre mayor a comportarse tan inmaduro como un crío?...

Ya de noche, K metió ese libro por debajo de la puerta y desapareció, no volví a saber de él, hasta hace unos días que, de entre todos los libros que se perdieron ese fue uno de los cuatro que permanecieron intactos.

Después de diez años, la tarde del rescate del libro superviviente, K me envió un mensaje — Estoy en la ciudad, ¿Te parece si hablamos?.

Al recordar su frase, un escalofrío se dejó sentir, ¿Coincidencia?...

viernes, 1 de marzo de 2024

Días de descanso

El fin de semana anterior, casi al iniciar la sesión, percibí un ligero olor metálico cuando ella salió del apartado, le pregunté si quería pasar primero al sanitario, se confundió un poco pero asintió, -es esa comunicación que tenemos entre mujeres que sin hablar podemos entendernos-. 

— Saliendo a la derecha -le mencioné-. Ella tardó en volver; y cuando lo hizo, estaba contrariada — ¿Te encuentras bien?
— No podemos continuar
— Sí, no te preocupes, vístete y programemos una nueva cita -asintió con un creciente rubor en las mejillas-.

Le pedí a la asistente que revisara dentro de las fechas más cercanas un huequito donde pudiéramos acomodarla
— Maia, sería finales de abril
— ¡No!, ella se casa en junio y tiene que tener su paquete completo, coloca un plus días después de la fecha que ella te indique que termina su período.

Cuando todo estuvo agendado la vi caminar a la salida y me di cuenta que no estaba el guardia de seguridad en su puesto.

— Marianita, ¿dónde está seguridad?
— Ay, Maia, cada vez que entras al apartado él se va con la meserita del sushi
— Llámalo, por favor
Apenas terminar la oración, Marianita se encaminó a la salida, en ese momento entró un sujeto armado e indicó a Marianita que se alejara de la puerta, ella se colocó cerca de mí y el hombre empezó a vociferar, traté de explicarle la situación pero no escuchaba.

— No hay dinero, todo se mueve, con transferencia o tarjeta, no manejamos efectivo, puedes revisar.

El sujeto inspeccionó y al comprobar que era cierto lo que le dije volvió a refunfuñar; y antes de salir empujó a mi asistente que en un acto reflejo se sujetó de mí haciendo que perdiera el equilibrio; y mi tobillo recibiera el impacto del peso de Marianita.

El delincuente se fue, el guardia fue despedido, Marianita logró controlarse; y mi tobillo parecía la pata de un elefante. Cancelé el resto de las sesiones, revisaron mi tobillo, me colocaron una férula; y casi anocheciendo regresé a casa.

Al entrar, Gurrumino me recibió con toda la emoción que es capaz de generar su pequeño cuerpecito; y así, casi sin estar de pie hemos pasado los días.

Este fin de semana decidí no ir a trabajar, me he quedado con Gurrumino; y ahora nos disponemos a pasar una noche de chicos, escuchando música, viendo películas, series y algún documental; y claro, jugando con su pelota.

¿Gurrumino sabe que estoy lastimada, lo percibe?... No tengo idea, pero ha cogido el hábito de colocar su pequeño cuerpecito en mi pie izquierdo -el lastimado- y ahí se queda hecho ovillo.

Que el fin de semana sea espléndido para todos; y ya lo saben, hay barra libre, té, chocolate, café y lo que haga falta, toca que cada uno se prepare su bebida, también hay lugar en el sofá, con Gurrumino y conmigo. A pasarlo bien.



jueves, 29 de febrero de 2024

La importancia de mantenerse calma

🎼 🎶

Cada vez que se terminaba el dinero volvía a la agencia de colocación; y cuando lo hacía, me avisaban que estaba activa por si quería contemplar la posibilidad de recontratarla. Esta situación se fue sucediendo por varios años, no pretendía tener todo el tiempo gente en casa; y a ella no le interesaba trabajar de continuo, esa fue la solución que acordamos.

Tiempo después, la señora de la limpieza volvió a despedirse -por un tiempo- En realidad no sentía tanto su ausencia, en casa seguía haciendo lo mismo, ella usualmente se encargaba de la limpieza profunda, mover muebles, cambiar cortinas y lo que hiciera falta.

Poco a poco se fue asentando, empezó dejando una camisa, luego siguió un cambio, unos pans, ropa de gimnasio; y cuando me di cuenta, al lado de mi cepillo de dientes había un acompañante, fue ahí cuando me cayó el peso de la realidad, luego ya no era -Nos vemos en tal lado, paso por ti, alcánzame en algún sitio- porque ya salíamos del mismo lugar.

Para él no tener a la mujer de la limpieza fue un cambio drástico -pero no dijo nada-. Nunca lo engañé, él sabía que en casa, el que ensucia-limpia, el que tira-recoge, ha sido un hábito que se ha mantenido por años.

Podía encargarme de las cosas en común -siempre que el camino tuviera dos sentidos- pero no de los objetos personales de nadie. Por nuestros horarios, él nunca me vio haciendo limpieza, por lógica se entendería que las cosas no se limpiaban solas.

Empezaron a faltarle toallas, pañuelos, ropa; y una tarde me dijo:
— Maia, mañana vendrá una señora a encargarse de la limpieza, enséñale cómo tiene que lavar la ropa 
— ¿Por qué no le dices tú cómo la quieres?
— Maia; yo no me encargo de esas cosas, ¡Soy hombre! -ahí fue cuando empecé a enfadarme-
— ¿Y por qué tendría que saber yo?
— ¿Acaso no sabes?
— No, obvio no ¿por qué sabría?
— Porque eres mujer, deberías saberlo, ¿Y qué te enseñaron en casa de tus padres? -estaba en mi punto de ebullición-
— Pues mira, me enseñaron a estudiar, a trabajar y valerme por mí misma sin depender de nadie, ni de un hombre 
— Maia, eres mujer, todas las mujeres saben limpiar -ese fue el clímax-

La sangre hervía en mi interior, pero no dije nada, preferí salir con las amigas, relajarme; y volver con la mente despejada; y la sangre tibia. Al regresar a casa, él tenía la cocina echa un desastre, me quedé tranquila, él vino detrás.

— Cariño, no me esperes a cenar, he quedado con unos amigos y nos vamos a ir por ahí; y bueno, está un poco tirado todo esto; ya te las apañaras sola
— No, no, espera, cariño, espera, antes de irte quiero que uses esos brazos enormes y fuertes que tienes y me ayudes con algo
— Sin problema, cariño, que para eso son y están a tu servicio
— Me alegra que lo digas
— Venga, que por llegar tarde a nadie lo crucifican; y menos por motivos así -mimoso, se acercó detrás y empezó a retirarme el cabello buscando mi cuello-
— Pues mira, el problemita que tenemos es que se ha tapado la cañería; y antes de irte tienes que dejarla destapada para poder limpiar toda esta suciedad que has hecho
— Pero cariño; yo no sé nada de plomería
— ¿No?
— ¡Pues no!
— Pero si eres hombre ¿No?
— ¡Pues claro!
— ¿Y no te enseñaron en casa de tus padres a destapar la cañería, arreglar el auto o mínimo pintar las paredes?
— No, pues no, esos son estereotipos obsoletos, cosas de nuestros padres, abuelos; y de aquellos tiempos, ¿Pero mujer, tú te has creído eso de los roles?
— Vale, cariño, me gusta que seas consciente, ahora te repito lo que vamos a hacer para convivir armoniosamente. 

Primero, antes de salir me dejarás la cocina como estaba, ¿Ok?, otra cosa, mañana que venga la señora de la limpieza; yo no la conozco y no confío, vas a estar presente, le dirás y le enseñarás cómo deben hacerse las cosas en esta casa, esperarás que termine, revisarás y la acompañarás a la puerta, cuando se haya marchado me llamarás y me darás tus observaciones; y si quieres que continúe viniendo -por un tiempo-.

Yo estaré fuera, he quedado con mis amigas de salir por el resto de la semana, regresaré el viernes, pero iré directamente al trabajo; y cariño, no me esperes a cenar, -al ver su carita de interrogante pregunté- ¿Necesitas anotar, cariño?.

Porque una cucharadita de Ubicatex nunca está demás...

domingo, 25 de febrero de 2024

Dos medias horas

La publicación anterior, del peso y rebote de los senos vino cono recuerdo después de una tarde/noche de reunión con algunas amigas, entre ellas, Marce.

Aquí vamos...
Marce había llegado tarde a la celebración -algo común en ella- y no se enteró, que cuando seleccionamos la mesa, el maitre nos solicitó que tuviéramos paciencia con el mesero por ser nuevo — Está aprendiendo -nos dijo-.

Dos medias horas después -Marce dice que "lo normal" es no retrasarse más de media hora, que si lo haces estás faltando al respeto y consideración del tiempo de la otra persona, entonces, todo se reduce cuántas medias horas caben en media hora-, -como decía-, dos medias horas después, Marce hizo su aparición en el restaurante; ya estaban en la mesa nuestras bebidas  -a pesar de la lentitud del mesero- y el bullicio era evidente

Marce llegó con un arrollador jumpsuit negro de escote pronunciado que la hacía verse espectacular, de inmediato se puso al corriente de lo acontecido en su ausencia,. Justo en el momento que Marce se distrajo leyendo un mensaje que le acababa de llegar, el despistado mesero se acercó a preguntar si algo se ofrecía, le pedí repetir mi copa; y él, distraído con los atributos de, Marce y sin disimular la vista a sus senos preguntó — ¿Qué copa?, Marce, igual de distraída que él -distraída de lo que decíamos, pero no de la mirada del mesero- y creyendo que le había preguntado la medida de copa de su sostén, le respondió — ¡Hombre!, pues no llevo, pero dime cuándo mide tu miembro y ya veremos si me apaño a recordar...

El mesero retiró la visita de inmediato de los pechos de Marce.
Marce bajó la vista de inmediato al pantalón del mesero, movió ligera y descaradamente la cabeza de un lado a otro, como calibrando el kilometraje oculto bajo su pantalón.
El resto nos mirábamos entre nosotras sin saber qué decir.
El maitre vino a rescatar la situación; y llevándose al mesero nos ofreció una disculpa y cortesía de la casa, ninguna de nosotras estuvo de acuerdo -incluida Marce- en la cortesía -en las disculpas sí, pero no eran suficientes, sentenció, Marce-.

Después de pagar la cuenta, Marce dejó como propina un generoso mensaje al mesero.

"Existe una gran diferencia entre una mirada que se escapa de refilón -que a cualquiera nos puede pasar- y hacerlo fija y ferozmente, provocando incomodidad; y una reacción adversa. No es cosificando a una mujer que obtendrás respeto, así pues, cuida tu sustento".

Con, Marce tenemos un pequeño debate de lo que es el respeto, solo que me ha pedido que no ahonde en el tema y lo deje a criterio; y se ha comprometido que si una sola persona piensa como yo -Maia-, entonces y solo entonces se sucederá un cambio.

viernes, 23 de febrero de 2024

La crisis de los 50

Un día de tantos decidí hacerme un estiramiento facial como obsequio por mi cumpleaños número 50. Gasté una suma con muchos ceros, valió la pena y quedé sensacional.

Otro día, de regreso a casa me detuve en un kiosco a comprar el periódico -sí, esas hojas de papel que cargas con el brazo, aún existen-. Antes de seguir le dije al vendedor. "Espero que no te importe que pregunte, pero ¿cuántos años crees que tengo? ”. "Alrededor de 32" -me dijo-. "¡No! Tengo exactamente 50", -respondí felíz-. 

Otro día de tantos, fui a McDonald's y le hice a la chica del mostrador la misma pregunta. La chica respondió, "Supongo que alrededor de 29", respondí con una gran sonrisa, "No, tengo 50 años".

En el camino me detuve en una tienda de dulces, buscaba mentitas cuando vi al dependiente y le hice la misma pregunta. El hombre se quedó mirándome y respondió: "Oh, yo diría que 30". Respondí con orgullo y cierta coquetería. "Tengo 50 años, ¡pero gracias!".

Mientras esperaba el uber para ir a casa, le hice a un hombre un poco mayor, que estaba a mi lado también esperando su uber la misma pregunta. Él respondió: 'Señora, tengo 60 años y mi vista está en marcha. Aunque, cuando era joven había una manera segura de saber cuán vieja es una mujer. Suena muy atrevido, pero requiere que me dejes poner mis manos debajo de tu sujetador entonces, y sólo entonces, puedo decirte exactamente y sin temor de equivocarme cuántos años tienes. 

Se hizo un silencio en el que me quedé pensando si valía la pena, la calle estaba vacía y mi curiosidad se impuso. "Qué demonios, adelante". 

Él deslizó ambas manos debajo de mi blusa y comenzó a sentir alrededor muy lenta y cuidadosamente. 

Rebotaba y pesaba cada pecho. Después de un par de minutos y un poco incómoda le dije, 'Está bien, está bien..... ¿Cuántos años tengo? ’ El hombre completó un último apretón de mis pechos, retiró sus manos, y dijo: 'Señora, usted tiene 50. ’ 

Aturdida y sorprendida apenas pude balbucear, "Eso fue increíble, ¿cómo supiste?", el hombre hizo una expresión un tanto cínica y dijo: "Estaba detrás de ti en McDonald's". ¡Jo...!.

*Tomado de por ahí y editado en primera persona.

Y para este Viernes de humor.
Té, Café, Chocolate; y barra libre 24/7
Sonríe(me) y trata de mantener esa sonrisa todo el fin de semana... Y más.
(Achuchones)

jueves, 22 de febrero de 2024

Frente a una copa de vino


Estos días aproveché el encierro para hacer limpieza pieza por pieza; y con días así, donde la música es el motor que  me mueve, me di cuenta que, creyéndome minimalista en realidad soy un poco acumuladora.

Tenía desde la posadita de diciembre sin saber de Milli, hasta esta tarde que me ha pedido vernos en Las fronteras, un restaurante de música en vivo y cortes, muchos cortes y cero ensaladitas. Al llegar, apenas sentarme y Milli me acercó la copa de vino — Pedí por ti, espero no haber fallado, sonreí y me dispuse a jugar con la copa, Milli estaba inmersa en su caótica mente y empezó a relatar el motivo de nuestro encuentro.

Maia, con frecuencia tengo la sensación de que algo me falta, no lo sé, es como si el día estuviera incompleto, como si de las cosas que hago me dejara a un paso de finalizarlo y algo se quedara abierto, a veces digo, quizás cerveza; y va la cerveza, otras pienso, quizás es sexo; y lo busco y él está siempre dispuesto. Después de un año de casados sigue siendo atento, generoso, varias veces al día me llama o me envía mensajes, -siempre los mismos- ¿Qué haces?, ¿Cómo va tu día?, Mándame un beso... como si al enviar un beso físicamente le llegara, porque pareciera que hasta lo siente, "Tu beso fue de una ternura indescriptible", "Tu beso fue una caricia para mi soledad". Maia, trabajo dieciséis horas al día, pero estoy disponible todo el tiempo 24/7; y él solo ocho horas cinco días a la semana, sé que tiene mucho tiempo libre, pero vamos, si me llama y me distrae de lo que estoy haciendo, prefiero que me hable de cosas importantes, que me cuente esos pequeños detalles que ha tenido en su día, a quién extraña, qué cosas pasan por su mente, si recuerda a su padre, si han cambiado los sentimiento hacia sus conflictivos amigos, no lo sé, pequeñas cosas que me acerquen, que me hagan meter velocidad al trabajo y llegar temprano y sorprenderlo, Maia, siempre lo escucho, hasta esas preguntas sosas de ¿qué haces? que nunca sé cómo responder porque me parecen ilógicas.
— ¿Has probado hablarlo con él?
— Todo el tiempo, sutilmente
— Quizás deberías empezar a ser más directa
— Quizás... mira, cuando nos casamos, llegaba a casa y ya estaba la ropa limpia y planchada, la comida caliente, la despensa cubierta y hasta me tenía las pantuflas calientitas en la puerta, no sé si se sentaba encima de ellas o qué carajos les hacía pero te juro que estaban calientes, luego venían los reproches, "No tienes tiempo para mí", "No te das cuenta todo lo que hago por ti" y todas esas cosas, le dije que no quería que hiciera nada de eso, que quería un compañero, no un intendente; y lo siguió haciendo; y me siguió reprochando. Contraté a una señora cinco días a la semana para que se encargue; y le dije, ¡haz algo con tu vida, sal, diviértete, ve a los antros, emborracharte, visita a tu familia, ve al gimnasio, sé infiel, lo que quieras, pero no te quedes en casa esperándome, que mi trabajo es mucho más tardado y tú lo sabías desde mucho antes de casarnos"
— ¿Milli, tú lo amas?
— Es mi mejor amigo, mi roomie
— ¿Tu marido es tu roomie?, pregunté si lo amas -se encogió de hombros-
— Ya te digo, es mi mejor amigo, mi compañero de cuarto, salimos -cuando hay tiempo- nos divertimos, tenemos sexo, dormimos juntos, ¿Hace falta más, acaso no es suficiente?, ¿Cómo sabes si amas a alguien?, ¿Qué diferencia existe con lo que tenemos?
— ¿Y por qué sientes que algo te falta?
— Joder, Maia...

Adoraría que mi pareja fuese mi mejor amigo, pero no tendría intimidad con mi mejor amigo -si no es mi pareja-, ¿Cuál es la diferencia?... ¡El amor!, para mí es así de simple.