viernes, 27 de febrero de 2026

Días de cambio





Maia, hay que hacer cambios
— Pues ya qué 
— Pudo ser peor; y tanto, que no estarías frente a mí. Pa'lante, niña; yo te voy a ayudar 
— Creo que tomaré unas largas vacaciones 
— ¡Házlo!, pero con calma, ¿a cuál gimnasio asistes?
Arsenal -se le agrandaron los ojos, dejó caer el bolígrafo, empujó el recetario y echó su cuerpo hacía el respaldo-
— ¿Cuánto dices que cargas de peso?
— Pecho 60, pierna como 125, más-menos, depende del día, o del ánimo, hora y media de caminadora y media de elíptica tres veces por semana 
— No seas bárbara; voy al mismo gym y cargo 60 de pierna. Cambios, Maia, pesas sin peso, media hora de caminadora, suave y sin elevación, cero elíptica. Ese gimnasio es muy competitivo, Maia; ya no es para ti,
— Cuerpos esculturales, adonis, diosas... equis, nunca fue esa mi intención, solo pretendía mantenerme sana
— Date una vuelta por el, Dreams, va más con lo que necesitas en este momento 

Me encogí de hombros, siete meses después de un paro cardíaco iatrogénico seguía molesta con todos y con nadie a la vez, ¿cómo desprenderme de toda esta ira acumulada?, no tenía idea, no recuerdo alguna vez sentirme así. Me dio una orden más para estudios y una cita en cuatro meses.

Me inscribí en el nuevo gimnasio, no estaba mal, los socios eran de mucha más edad, un gimnasio rústico, lo salvan las personas que lo frecuentan, me gusta la gente mayor, personas dispuestos a ayudar sin importar lo que estén haciendo, saludos, sonrisas, charlas de paso y amistades nuevas. 

Las máquinas de un pasado tan lejano, funcionales, de esas que se fabricaron para toda la vida, no como las de ahora con tiempo de vida limitado. El clima con ductos expuestos dando un ambiente industrial, seis claraboyas aportando claridad, dos enormes ventiladores industriales colgados en los extremos; y otros tres en piso, todo apagado; ¿y por qué?, pues porque es invierno, con 33°C dicen que hace frío... manda webs.

En el tiempo transcurrido empecé a observar a un hombre -de cuerpo normal-, con unas poses alucinantes, cada ejercicio en postura impecable, pareciera posar para una postal... tan perfecto.

Siempre acompañado de su novia, adheridos el uno al otro, ella sabía macerar el tiempo para no meterse de lleno al ejercicio, un poco abrazada a él, otro poco en el móvil, más tiempo apoyando con sus ejercicios a su madre; y así lo iba pasando.

Después de un tiempo dejó de ir, ahora era la madre quién acompañaba a ese hombre, besos y arrumacos todo el tiempo, más sumisa y obediente que la hija, se dejaba guiar por él que fungía de instructor, la presionaba cada vez más, se veía incómoda. Se pusieron cerca y escuché más de lo que hubiese querido. Ella se negó a realizar un ejercicio y él simplemente se alejó molesto, no la volví a ver.

En respuesta a: ¿cómo desprenderme de toda esta ira acumulada?... haciendo cambios.

Días después él se acercó a mí, coqueto, afable...

¡Acompáñame!

Té, café, limonada y galletitas en la mesita de arrime, mantitas en el sofá y miniseries asiáticas para pasar la noche.






sábado, 21 de febrero de 2026

¿A qué sabe?

 

Desperté con el deseo de la abuela, me ví sentada -como antaño- en la mesita de cocina, observando embelesada cómo preparaba los alimentos; y mientras lo hacía me iba impregnando del delicioso aroma que desprendía su cocina. La abuela tenía una alacena generosa, o quizás extraña, eran costalitos de todo, -15 ó 25 kg de cada cosa-, como si estuviera alimentando a toda una colonia. 

Ella se enorgullecía que sabía organizarse y nunca desperdició nada, pero es que, en esa casa con once hijos y familias respectivas se cocinaba mucho; y solo ella lo hacía, no permitió ayuda de sus hijas o nueras, pero sí dejaba que sus nietas se acercaran, nadie lo hacía, solo yo que moría por descubrir el secreto de su sazón.

Hoy desperté con la abuela en mi memoria y su sazón en el olvido, tomé el auto, activé Google maps y cogí camino hacia "El refugio de mi abue", un pequeño local que frecuento cada tanto que extraño aquellos tiempos, desde el retrovisor observé que la ciudad quedaba atrás, el paisaje fue cambiado hasta quedar en estériles nogales a los costados, interminables ... y es que, cuando el recuerdo apremia, el camino se vuelve infinito.

Y allí, a la vera del camino, entre la ciudad y la nada se encuentra el local, un lugar expuesto a las inclemencias del tiempo, rústico descanso de camionero, traileros, viajantes y como yo, nietas buscando el apapacho.

No recuerdo si la sazón es parecido, la gente que lo atiende, los comensales, o es quizás que el último desayuno que comí acompañada de la abuela, de mis padres y hermanos, -antes de su deceso- fue lo mismo que venden allí, pero una mañana, tiempo ha, cuando estaba más vivo en mi memoria su recuerdo llegué allí; y me quedé.

En el lugar había una mesa con cinco integrantes, personas mayores hablando de un pasado y disfrutando como postre, empanaditas de calabaza y café de olla.

Regresé a casa... la abuela regresó conmigo.

¡Acompáñame!

Té, café, infusión de frutos rojos, limonada, en la mesita de arrime 











viernes, 13 de febrero de 2026

Tan solo una anécdota



Me tomé el día libre, — No haría nada, -me dije-; me preparé para terminar una serie de Netflix con una ensaladita de verduras y un jugo verde, muchas verduras, tercera temporada, -un poco aburrida-. 

Mi cabeza empezó inquieta, —Mañana tengo un evento importante, me haré un facial, o algo, caminé por el pasillo y ví la mascarilla de carbón activado, la de remoción de puntos negros, la tomé y la apliqué con el dedo medio, me quedé observando mi reflejo en el espejo, — Mmm, me la aplicaré como osito, de nariz y hasta el mentón; y no conforme, me lo hice cachetoncito, sonreí divertida y fui a lavarme la mano, específicamente el dedo medio con el que había aplicado la mascarilla; y no salía, tenía un extraño color miel que, por más que tallaba seguía ahí, debió ser el momento de retirarlo del rostro pero no lo hice, — ¿Por qué no se quita?, -me pregunté fugazmente-, luego me olvidé viendo la serie.

Una hora después recordé que traía la mascarilla y fui a retirarla; y no pude hacerlo, eso era una capa adherida como marca indeleble; y sí, parecía un osito, usé de todo, incluído el removedor de maquillaje, nada, no salía, — pero si no es tintura, -pensé-, fui a leerlo y me di cuenta que me había equivocado, usé la tintura indeleble para cejas que empieza a degradarse después de tres días... — ¡Diantres!.

Ahora la duda es: me emparejó el tono o sigo intentando -sin éxito-, manda webs...







martes, 10 de febrero de 2026

El abrazo no es eterno




Hacía fila en el súper, veía delante y exhalaba con resignación, muchas personas antes de mí; yo la última, veía hacia ambos lados intentando cazar una caja más fluida, o con menos gente, nada, todas estaban igual o peor.

Se colocaron detrás mío, ¿extranjeros?, por qué diantres les llamo así si cuando arriban al país se vuelven parte nuestra; y así se les trata, ¿Españoles?, quizás, a primera instancia pero el acento me confunde. 

Casi llegando a cobro, tuve la intención de dejarlos pasar, ellos solo traían un par de cosas y yo había hecho el súper, en ese momento el  chico se inclinó en el botadero de chocolates varios venidos de Estados Unidos; y adoptó una posición como quien espera recibir el golpe -en cuclillas y brazos elevados como cubriendo el cuerpo-, — Tomame una, aquí, justo aquí, ponele en retrato, ¿la tenés?, — sí, la tengo, — ¿en retrato?, vuelve a preguntar, mandala, mandala; yo lo veía de lado, parece emocionado, -me decía-, quizás es su primera vez en el país, -me repetía-, tanta gente alrededor, tanto susurro y yo escuchando claramente sus voces, solo a ellos, quizás su timbre es alto, -me volvía a repetir-, sí, definitivamente, les adelantaré el pase.

Se dejó sentir un ruido estremecedor, como de una explosión, dos o tres cajas al lado derecho, cierto pánico en las voces, todos prestos a auxiliar si era necesario, ellos sacando la nota, — ¿lo tenés?, — ¡sí!, — ¡subilo, subilo!, — ¡ya lo hice!, oh, fulanita me lo acaba de repostear, — ¿ya?, — pasame, pasame... y mientras, el resto seguíamos preocupados por saber qué había sucedido; y a quién; y si estaban bien o requerían ayuda, era tal el caos que seguridad pasó informando, — ¡Todo bien!, solo explotó un refresco al caerse, nuevamente la exhalación intentando volver la calma, — ¡sos pelotudos de mier...!, no entendés que no debés tomar refresco, con el daño que hacé, seguis así y así os irá, pero mirá cuántas golosinas, vamos a ganar mucha plata en este país, -podés, querés, tomás, tenés-, sí, definitivamente... ¡son argentinos!, pero en parte de se conversación se reconocían españoles...

La intención de cederles el pase o ser amable se esfumó en mí, como en otros tantos que los escucharon. Y es que, te recibimos como amigo, de ti depende que el trato se conserve o te vuelvas un extraño.

Té, café, limonada y galletitas de mantequilla en la mesita de arrime, ! Acompáñame!.





sábado, 7 de febrero de 2026

Esos días locos que de repente...



Mensajes de WhatsApp:

— Te perdiste
— Poquito, el restaurante me absorbe, lo siento, niña
— ¡Te extrañé!
— ¡Wow wow!, espera, cariño, ¿escuché bien?, repítelo por favor 
— No, o sea, si pero no, mmm, me lías 
— ¿Y cuánto dices que me extrañaste?
— No mucho
— Joo, tan bien que íbamos oye, ¿salimos esta noche?, ¿qué se te antoja?
— Hay un barecito, karaoke, antro, no sé, no lo he investigando, está sobre el boulevard, frente a los gemelos, luces rojas y buena música, he pasado un par de veces
— Pues ya está, 21:00 en tu casa

Llegamos al bar, buena música, luces suaves, mucha gente, buen ambiente.

— Adelante, hermosa, pasa, guapo, a la izquierda tenemos una mesa, sigan, sigan, hagan su ambiente 

Tomó la orden y se perdió entre las luces rojizas. Mesas por todos lados, ocupadas en su totalidad, en una de ellas un par de chicas, ella de piel blanca y cabello afro, muy afro; y yo pensando qué tanto se haría para llegar a ese nivel de complejidad en su melena, su compañera punk, pelitos de pie y en punta, la segunda mesa la ocupaban un par de hombres, uno mayor, él traía su propia fiesta, micrófono en mano y cantando a pulmón, 
  • "que te quise demasiado / y que nadie te ha querido como yo/ así es la vida / de caprichosa / a veces negra / a veces color rosa / así es la vida / jacarandosa / te quita / te pone / te sube / te baja / y a veces te lo da", 
su compañero más discreto y mirándolo embelesado, ¿embelesado?, una mesa más allá, una mujer con stillettos, vestido rojo ceñido, cuerpo escultural, escote monumental, peinado en ondas salvajes, muy elevado, me recordaba a las maravillas drags, su compañero vistiendo sobrio... quizás un abogado, hacia la pista pares de chicas en distintas mesas, algo tenían ellas; y ese lugar que se sentía diferente, nadie sorprendido o quisquilloso, -quizás solo nosotros-, todos parecían con un fin común, divertirse.

— ¿Por qué no cantas, Maia?, sé que quieres hacerlo, ¿o prefieres ir a otro lugar?
— ¿Lo sabes?, -sonrió, curvo los ojos con esa forma tan única de hacerlo que casi me desarma-, observé el sitio, parecía tan genuino.

Desde el pedestal el barecito no se veía nada pequeño, todos sonreían cuando alguien subía, aplaudiendo, animando, ¡Eso, mamona!, ¡te apoyamos, perriilla!, los pares de chicas que estaban al frente apoyando con toda la energía,, el mesero se acercó a darles micro a todas y empezamos el show.
  • "Quise / mi piel llenarla de tatuajes pa cubrir los besos que dejaste / puedo ocultar la historia que vivimos / pero no puedo borrarte / dicen que el tiempo va a curarlo todo y sé que es mentira / es imposible que pueda olvidar / al amor de mi vida / ni tomando como loco / ni con otro amor tampoco..."
Al bajar y señalando con el dedo acusador le advirtieron a él, — ¡Trátala bien!, te estaremos vigilando 

Sí, es lo que estás pensando, habíamos entrado en un barecito LGBTQ+; y estuvo increíble.

Hoy en la mesita de arrime, tamalitos de elote [uchepos, cuiches, chamiles, piques o como les conozcas], acompañados de quesillo y salsa, té, café, limonada, atole de pinole, [maíz tostado con canela y molido, sea en metate o licuadora], ¡Acompáñame!


P.D: "¡Eso mamona!" expresión coloquial mexicana, muy antigua y popularizada en redes sociales, utilizada frecuentemente entre amigos para celebrar con humor una actitud empoderada, presumida, exagerada o "perra" (en el contexto del argot LGBT+). Aunque "mamona" es un insulto (persona molesta, creída o antipática), la frase se usa irónicamente como motivación o elogio a una actitud audaz.




martes, 3 de febrero de 2026

Vandalismo

 


— ¿Qué hacer cuando nuestra casa es vandalizada?, ¿lo dejamos pasar o actuamos en consecuencia?. Lo cierto es que, la seguridad se pierde; y ya nada vuelve a lo que era.

Pruebas hay, pero con la prohibición de las leyes de grabar sin el consentimiento del agresor... ¡estamos fritos!.


Té, café, limonada y galletitas en la mesita de arrime, ¿Me acompañas?.